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No camines delante de mi, puede que no te siga. No camines detrás de mi, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo. (Albert Camus, 1913-1960)

lunes, 6 de abril de 2026

Ricardo, de Corazón


 

Ricardo, de Corazón

 

          Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, nos fuimos queriendo. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, fuimos abandonados nuestros pedestales en los polos, nos acercamos, y sin otra palabra más allá de un signo de reconocimiento, creamos entre los dos nuestro propio espacio de bienestar emocional. Una sala de estar en la que sólo estábamos cuando coincidíamos. Ninguno llamaba a la puerta antes de entrar. Entre nosotros, Ricardo, no existían los compromisos, no nos arrastraba la hipocresía, no éramos esclavos de la decencia social, ni escuchábamos los cantos de sirena de protocolos refinados y de augures falsarios.

          En esa sala sólo cabía la amistad, la simpatía y el respeto. Yo llegaba casi siempre escondido en mi máscara de huraño antisocial, y tú lo hacías como un ciclón hinchado de fuerza y vitalidad, pletórico de empatía, cercanía y cariño. Yo lo expresaba con una ironía innegociable, detrás de la que escondía la sinceridad, y tu te adornabas con un sarcasmo al más puro estilo de Gustavo Adolfo Buecquer, con el cuchillo siempre afilado para cercenar con tus sonetos cualquier resistencia. Un comportamiento con el que puede que intentaras poner fronteras, pero en realidad lo único que despertabas era una genuina admiración. Eras ese Ricardo que pintaba el mundo en blanco y negro con la punta de un lapicero, que decoró las paredes de aquel templo que te inventaste en el salón de Torreblacos. Pintabas en blanco y negro, pero devorabas la vida en toda su paleta de colores, cada uno con su matiz, con su particularidad, pero cada uno con una luz única y permanente. Todos, cada uno de los colores, cada uno de los matices… eran necesarios para expresar los latidos de tu enorme corazón, que siempre adornaba tu discurso estridente, que moría en el intento de ser una pequeña coraza tras la que pretendías esconderte, para no mostrar ninguna debilidad.

          Todo esto, y seguramente que muchas más cosas, llenaron todos los pliegues de ese emotivo abrazo en el que nos fundimos con Isa en ese maldito día en el que decidiste blindar la coraza para siempre. La sala estaba llena, no cabía nada más que el calor sofocante que también quiso asistir a tu despedida.

          Isa, tu querida, tu adorada Isa, decía, ya con un asomo de nostalgia, “Es que Ricardo tenía muchos amigos”. A lo que yo añadí, “Es que se hacía querer”, y los tres, Sara, tú yo coincidimos, “Se hacía querer a su pesar”.

          Después lo pensé, y creo que no es del todo verdad. Ricardo se hacía querer por ser precisamente como era. Por tener siempre abierta la puerta de su volcán interior, cuya lava arrasaba con todo, pero detrás de esa lava incandescente siempre había una fuente de agua clara, cristalina, dulce y refrescante. Únicamente había que saber mirar para verla, y únicamente había que acercarse hasta él para saborear su frescura.

          Ricardo, de Corazón. De un Corazón tan grande que se empeñaba en esconderlo para no empañar todo lo que lo rodeaba. Pretendía ser arisco y era encantador. Pretendía ser un viejo cascarrabias con mala leche y era un pedazo de pan. Pretendía parecer un bruto y en cuanto te aproximabas disfrutabas de su enorme respeto, de su enorme cultura y de una socarronería que está al alcance de los inteligentes y de los privilegiados. Una conversación con Ricardo exigía estar alerta, con los cinco sentidos. Si le dejabas una mínima fisura entraba por ella con la espada entre los dientes, y se adueñaba de todos los argumentos. Entonces era imparable, demoledor.

          Ricardo siempre nos recibía a Sara y a mí, con el corazón tendido al sol, incluso en aquellos días en los que la nieve ardía en su interior, intentando sofocar un dolor implacable que lo apuñalaba sin compasión. No quería, no hablaba de ese lado inhumano y descarnado, porque él pretendía disfrutar cada día de primavera y cada día de verano que le reservara la vida. Los inviernos son letras del olvido y un manto espeso para dejar al otro lado la tragedia y el insomnio, para huir de la angustia y el desamparo.

          Ricardo, nos seguiremos queriendo, sin apenas darnos cuenta. La amistad entre nosotros no se negocia, siempre será limpia y clara como las aguas de tu fuente al otro lado del volcán.

          Cualquier día de estos me tomaré a tu salud una cerveza y unas patas fritas de bolsa envueltas en una lata de mejillones. Y te prometo que esta vez no esconderé el botellín para que no te acuerdes de cobrármelo. Entre tú y yo nunca han existido deudas. Bueno sí, ahora tengo una para siempre, la de mantener vivo tu recuerdo mientras tenga memoria. De verdad Ricardo, de Corazón.

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