Ricardo, de
Corazón
Poco a poco, sin apenas darnos cuenta,
nos fuimos queriendo. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, fuimos abandonados
nuestros pedestales en los polos, nos acercamos, y sin otra palabra más allá de
un signo de reconocimiento, creamos entre los dos nuestro propio espacio de
bienestar emocional. Una sala de estar en la que sólo estábamos cuando
coincidíamos. Ninguno llamaba a la puerta antes de entrar. Entre nosotros,
Ricardo, no existían los compromisos, no nos arrastraba la hipocresía, no
éramos esclavos de la decencia social, ni escuchábamos los cantos de sirena de
protocolos refinados y de augures falsarios.
En esa sala
sólo cabía la amistad, la simpatía y el respeto. Yo llegaba casi siempre
escondido en mi máscara de huraño antisocial, y tú lo hacías como un ciclón
hinchado de fuerza y vitalidad, pletórico de empatía, cercanía y cariño. Yo lo
expresaba con una ironía innegociable, detrás de la que escondía la sinceridad,
y tu te adornabas con un sarcasmo al más puro estilo de Gustavo Adolfo
Buecquer, con el cuchillo siempre afilado para cercenar con tus sonetos
cualquier resistencia. Un comportamiento con el que puede que intentaras poner
fronteras, pero en realidad lo único que despertabas era una genuina
admiración. Eras ese Ricardo que pintaba el mundo en blanco y negro con la
punta de un lapicero, que decoró las paredes de aquel templo que te inventaste
en el salón de Torreblacos. Pintabas en blanco y negro, pero devorabas la vida
en toda su paleta de colores, cada uno con su matiz, con su particularidad,
pero cada uno con una luz única y permanente. Todos, cada uno de los colores,
cada uno de los matices… eran necesarios para expresar los latidos de tu enorme
corazón, que siempre adornaba tu discurso estridente, que moría en el intento
de ser una pequeña coraza tras la que pretendías esconderte, para no mostrar
ninguna debilidad.
Todo esto, y
seguramente que muchas más cosas, llenaron todos los pliegues de ese emotivo
abrazo en el que nos fundimos con Isa en ese maldito día en el que decidiste blindar
la coraza para siempre. La sala estaba llena, no cabía nada más que el calor
sofocante que también quiso asistir a tu despedida.
Isa, tu
querida, tu adorada Isa, decía, ya con un asomo de nostalgia, “Es que Ricardo
tenía muchos amigos”. A lo que yo añadí, “Es que se hacía querer”, y los tres,
Sara, tú yo coincidimos, “Se hacía querer a su pesar”.
Después lo
pensé, y creo que no es del todo verdad. Ricardo se hacía querer por ser
precisamente como era. Por tener siempre abierta la puerta de su volcán
interior, cuya lava arrasaba con todo, pero detrás de esa lava incandescente
siempre había una fuente de agua clara, cristalina, dulce y refrescante.
Únicamente había que saber mirar para verla, y únicamente había que acercarse
hasta él para saborear su frescura.
Ricardo, de
Corazón. De un Corazón tan grande que se empeñaba en esconderlo para no empañar
todo lo que lo rodeaba. Pretendía ser arisco y era encantador. Pretendía ser un
viejo cascarrabias con mala leche y era un pedazo de pan. Pretendía parecer un
bruto y en cuanto te aproximabas disfrutabas de su enorme respeto, de su enorme
cultura y de una socarronería que está al alcance de los inteligentes y de los
privilegiados. Una conversación con Ricardo exigía estar alerta, con los cinco
sentidos. Si le dejabas una mínima fisura entraba por ella con la espada entre
los dientes, y se adueñaba de todos los argumentos. Entonces era imparable,
demoledor.
Ricardo
siempre nos recibía a Sara y a mí, con el corazón tendido al sol, incluso en
aquellos días en los que la nieve ardía en su interior, intentando sofocar un
dolor implacable que lo apuñalaba sin compasión. No quería, no hablaba de ese
lado inhumano y descarnado, porque él pretendía disfrutar cada día de primavera
y cada día de verano que le reservara la vida. Los inviernos son letras del
olvido y un manto espeso para dejar al otro lado la tragedia y el insomnio,
para huir de la angustia y el desamparo.
Ricardo, nos
seguiremos queriendo, sin apenas darnos cuenta. La amistad entre nosotros no se
negocia, siempre será limpia y clara como las aguas de tu fuente al otro lado
del volcán.
Cualquier día
de estos me tomaré a tu salud una cerveza y unas patas fritas de bolsa
envueltas en una lata de mejillones. Y te prometo que esta vez no esconderé el
botellín para que no te acuerdes de cobrármelo. Entre tú y yo nunca han
existido deudas. Bueno sí, ahora tengo una para siempre, la de mantener vivo tu
recuerdo mientras tenga memoria. De verdad Ricardo, de Corazón.

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