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domingo, 23 de agosto de 2026

Juli "Donna" Lafuente


 

            Julia Donna fue una emperatriz romana, que destacaba por su ambición y por su inteligencia.

          Julia Lafuente fue una donna de Blacos que destacó por su vivacidad, fortaleza y sacrificio. Era tal la magnitud de su carácter que nunca nadie fue capaz de quebrarlo, hasta el otro día, cuando inició su último viaje a bordo de sus 95 años de vida. Casi un siglo que, sin embargo, no fue suficiente para que pudiera demostrar todo lo que llevaba en su interior.

          Julia fue una de esas mujeres que transitó por los años de escasez, de dolor, de necesidad, de amor, de pena o de prosperidad. Y en todas esas batallas consiguió salir más fuerte. No seré yo quién diga que salió indemne de todas ellas porque mentiría. Y es que la vida no deja nunca de cobrarse sus peajes, hasta en los trámites más superficiales.

          Su astucia, y la de Gildo su marido, les avisó de cuando tenían que irse. Era el momento justo, y emprendió viaje con su marido y sus dos hijos, Gerardo y Félix que todavía no conocían ni de vista a la adolescencia. Para el camino contaban con poco más que un hatillo lleno de ilusiones y alguna que otra duda. Pero ese hatillo también estaba lleno de incógnitas y de incertidumbres, como cada vez que alguien se enfrenta a lo desconocido.

          Pero Julia ya estaba curtida en las asperezas de la vida que afrontaban en aquellos años, y pronto comprobó que su vitalidad, su empeño y su constancia superaban cada uno de los obstáculos que los esperaban en las esquinas del camino,

          Con la intuición y las dosis necesarias de sentido común comprobó que cada año era mejor que el anterior, y que aquel hatillo del viaje había crecido hasta convertirse en un baúl lleno de esperanza, y llenó también de recompensas al esfuerzo. Iban subiendo peldaños en la vida, pero nunca dejó de mirar atrás. Y en el horizonte siempre veía el campanario de la Iglesia, la espadaña de la Virgen de Valverde y el punto blanco que señalaba la ermita de San Miguel. A este último siempre lo recordaba, ahora ya con una sonrisa llena de melancolía. Le traía a la memoria aquellos años de pastoreo, de amistades eternas y de recuerdos juveniles que siempre se quedan clavados en el alma.

          Volvió al pueblo como si nunca se hubiera ido, como si solo hubiera entornado la puerta para un rato. La vida fue agradecida con ellos, y Julia, toda una donna, la saboreaba con esa forma tan peculiar que tenía de hablar y reír al mismo tiempo, como si tuviera que vivirla de prisa, haciendo muchas cosas a la vez para que no se le olvidara ninguna.

          Pronto se convirtieron en un clásico de los veranos sepia de Blacos, viendo desde el Rincón todo lo que sucedía en la Plaza. Julia era una amante fiel de esa Plaza que nos ha marcado a fuego a todos los que hemos vivido en ella.

          Compartimos tertulias, cafés, comidas debajo del olmo y conversaciones interminables al amparo de la luna. Y siempre con esa fortaleza, una fuerza casi sobrenatural que le daba un aura de mujer inaccesible a cualquier adversidad.

          Creció la casa, aumentó la familia y ella siempre era igual, con las preocupaciones a raya. Cada verano en el pueblo era una matrícula de honor en su curriculum. Cuidaba ya a Gildo con mimo, con una ternura infinita. Mientras tanto disfrutaba de las pequeñas cosas como si fueran exquisitos manjares. Una simple partida de guiñote se convertía en la mejor comedia de los Hermanos Marx. El Rincón era el camarote de la risa.

          Después comenzó el drama que siempre reserva la vida, y además ya con la seguridad de que esa valla no se podía saltar con las fuerzas habituales. La vida abrió su carpeta de facturas. A todos nos falló un latido del corazón cuando se fue Gildo, al otro lado de la Plaza. Julia volvió sola, pero ya no era lo mismo, ni ella podía ser la misma. Hay ausencias que nunca se pueden superar, hay dolores que jamás encuentran alivio y hay despedidas que nunca tienen retorno.

          Julia, Julia Donna Lafuente, ya había descubierto una de las grandes trampas de la vida.

          Con esa certeza se fue hace unos días. Se ha ido y ha dejado un vacío desolador en la Plaza. Hs dejado un dolor, un apena y una tristeza lacerante en toda su familia y en todos sus amigos.  Y ha dejado una marca indeleble en mi corazón.

          Julia Donna Lafuente, una emperatriz de la vida y un vendaval de energía en cada cosa que hacía. Siempre te echaremos de menos.

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