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lunes, 25 de mayo de 2026

Jesús, el pintor

 

Jesús, el pintor

 

En aquellos años en los que estaba de moda ser de ciudad o vivir en una ciudad, cuánto más grande mejor, había algunos que ya viajaban en dirección contraria.

Jesús era uno de ellos. Buscaba la esencia de la vida, de esa vida que siempre es un cúmulo de pequeñas cosas. Buscaba un lugar tranquilo en el que vivir, lejos de la hipocresía y la grandilocuencia urbanas. Buscaba un rincón al que darle su propia personalidad. Buscaban un lienzo limpio, virgen, en el que fueran suyos los primeros trazos que dibujaran el arte más genuino de la verdad. Se tenía, al principio, la imagen de que era uno de esos bohemios de Valle Inclán, que ya lo habían vivido todo y que ahora se refugiaban en la sencillez de esos pueblos cada día venidos a menos, sin ruido, sin abundancia, limpios, genuinos y amables para cualquiera que aspirará a deleitarse con la tranquilidad que se había instalado en ellos.

       Y Jesús, en realidad, fue uno de los pioneros cercanos en esta vuelta a las raíces de la vida, a la pureza social que casi nunca se encuentra entre el barullo y la contaminación. Se instaló en Calatañazor y, de repente, se convirtió en uno de los dinamizadores de la vida de su entorno. Eran los mágicos años 80, aquellos en los que toda una generación tratábamos de firmar un contrato indefinido con la felicidad, y pagar a plazos esas ansias de libertad y de fiesta que explotaba en el interior de cada uno de nosotros. Aliados de la noche, Jesús puso un faro a aquella oscuridad en la que muchas veces se convertía la rutina de los agostos. Nos acogió en su casa, entonces en la plaza del ayuntamiento, y allí estirábamos la escapada de cada día, y la fiesta de cada noche. Se hizo querer a las primeras de cambio, y sin darnos cuenta se convirtió en uno más de los nuestros, en la esencia de muchos de los nuestros. Jesús vivía su vida como él quería vivirla, y en ese intento nos reservó un hueco en el que crecimos, extendimos las alas y después poco a poco, cada uno a su ritmo, fuimos abandonando el nido. Todo de una manera natural, sin dobleces, con la misma ingenuidad que llegamos, aunque con un poso importante de experiencia en nuestra cartera vital.

       Él también siguió con su vida, en la que siempre fue innegociable su espíritu inquieto, que acabó convirtiéndolo en un emprendedor al lado de su siempre presente Begoña. De la misma manera que fue nuestro dinamizador cultural de las noches de luna llena pasó a convertir en el foco de atracción del turismo que siempre ha venerado las piedras y las casas de Calatañazor. Su palomar no era un lugar de paso, es un nido en el que cada día, cada mes, cada año, se mima la amistad, se adoba el buen hacer y se firma cualquier armisticio culinario.

       Jesús llegó buscando la tranquilidad y, probablemente el anonimato, y probablemente sin pretenderlo se ha acabado convirtiendo en el referente de un pueblo, de una manera de ser y de una manera de vivir. Ese será su mejor homenaje a partir de ahora, en el que ha cambiado la vida por el recuerdo. Un abrazo amigo.