Julia
Donna fue una emperatriz romana, que destacaba por su ambición y por su
inteligencia.
Julia Lafuente fue una donna de Blacos
que destacó por su vivacidad, fortaleza y sacrificio. Era tal la magnitud de su
carácter que nunca nadie fue capaz de quebrarlo, hasta el otro día, cuando
inició su último viaje a bordo de sus 95 años de vida. Casi un siglo que, sin
embargo, no fue suficiente para que pudiera demostrar todo lo que llevaba en su
interior.
Julia fue una de esas mujeres que
transitó por los años de escasez, de dolor, de necesidad, de amor, de pena o de
prosperidad. Y en todas esas batallas consiguió salir más fuerte. No seré yo
quién diga que salió indemne de todas ellas porque mentiría. Y es que la vida
no deja nunca de cobrarse sus peajes, hasta en los trámites más superficiales.
Su astucia, y la de Gildo su marido,
les avisó de cuando tenían que irse. Era el momento justo, y emprendió viaje
con su marido y sus dos hijos, Gerardo y Félix que todavía no conocían ni de
vista a la adolescencia. Para el camino contaban con poco más que un hatillo
lleno de ilusiones y alguna que otra duda. Pero ese hatillo también estaba lleno
de incógnitas y de incertidumbres, como cada vez que alguien se enfrenta a lo
desconocido.
Pero Julia ya estaba curtida en las
asperezas de la vida que afrontaban en aquellos años, y pronto comprobó que su
vitalidad, su empeño y su constancia superaban cada uno de los obstáculos que
los esperaban en las esquinas del camino,
Con la intuición y las dosis
necesarias de sentido común comprobó que cada año era mejor que el anterior, y
que aquel hatillo del viaje había crecido hasta convertirse en un baúl lleno de
esperanza, y llenó también de recompensas al esfuerzo. Iban subiendo peldaños
en la vida, pero nunca dejó de mirar atrás. Y en el horizonte siempre veía el
campanario de la Iglesia, la espadaña de la Virgen de Valverde y el punto
blanco que señalaba la ermita de San Miguel. A este último siempre lo recordaba,
ahora ya con una sonrisa llena de melancolía. Le traía a la memoria aquellos
años de pastoreo, de amistades eternas y de recuerdos juveniles que siempre se
quedan clavados en el alma.
Volvió al pueblo como si nunca se
hubiera ido, como si solo hubiera entornado la puerta para un rato. La vida fue
agradecida con ellos, y Julia, toda una donna, la saboreaba con esa forma tan
peculiar que tenía de hablar y reír al mismo tiempo, como si tuviera que vivirla
de prisa, haciendo muchas cosas a la vez para que no se le olvidara ninguna.
Pronto se convirtieron en un clásico
de los veranos sepia de Blacos, viendo desde el Rincón todo lo que sucedía en
la Plaza. Julia era una amante fiel de esa Plaza que nos ha marcado a fuego a
todos los que hemos vivido en ella.
Compartimos tertulias, cafés, comidas
debajo del olmo y conversaciones interminables al amparo de la luna. Y siempre
con esa fortaleza, una fuerza casi sobrenatural que le daba un aura de mujer
inaccesible a cualquier adversidad.
Creció la casa, aumentó la familia y
ella siempre era igual, con las preocupaciones a raya. Cada verano en el pueblo
era una matrícula de honor en su curriculum. Cuidaba ya a Gildo con mimo, con
una ternura infinita. Mientras tanto disfrutaba de las pequeñas cosas como si
fueran exquisitos manjares. Una simple partida de guiñote se convertía en la
mejor comedia de los Hermanos Marx. El Rincón era el camarote de la risa.
Después comenzó el drama que siempre
reserva la vida, y además ya con la seguridad de que esa valla no se podía
saltar con las fuerzas habituales. La vida abrió su carpeta de facturas. A
todos nos falló un latido del corazón cuando se fue Gildo, al otro lado de la
Plaza. Julia volvió sola, pero ya no era lo mismo, ni ella podía ser la misma.
Hay ausencias que nunca se pueden superar, hay dolores que jamás encuentran
alivio y hay despedidas que nunca tienen retorno.
Julia, Julia Donna Lafuente, ya había
descubierto una de las grandes trampas de la vida.
Con esa certeza se fue hace unos días.
Se ha ido y ha dejado un vacío desolador en la Plaza. Hs dejado un dolor, un
apena y una tristeza lacerante en toda su familia y en todos sus amigos. Y ha dejado una marca indeleble en mi corazón.
Julia Donna Lafuente, una emperatriz
de la vida y un vendaval de energía en cada cosa que hacía. Siempre te
echaremos de menos.
