Jesús, el pintor
En aquellos años en los que estaba de moda ser de ciudad o
vivir en una ciudad, cuánto más grande mejor, había algunos que ya viajaban en
dirección contraria.
Jesús era uno de ellos. Buscaba
la esencia de la vida, de esa vida que siempre es un cúmulo de pequeñas cosas.
Buscaba un lugar tranquilo en el que vivir, lejos de la hipocresía y la grandilocuencia
urbanas. Buscaba un rincón al que darle su propia personalidad. Buscaban un
lienzo limpio, virgen, en el que fueran suyos los primeros trazos que dibujaran
el arte más genuino de la verdad. Se tenía, al principio, la imagen de que era
uno de esos bohemios de Valle Inclán, que ya lo habían vivido todo y que ahora
se refugiaban en la sencillez de esos pueblos cada día venidos a menos, sin
ruido, sin abundancia, limpios, genuinos y amables para cualquiera que aspirará
a deleitarse con la tranquilidad que se había instalado en ellos.
Y Jesús, en
realidad, fue uno de los pioneros cercanos en esta vuelta a las raíces de la
vida, a la pureza social que casi nunca se encuentra entre el barullo y la
contaminación. Se instaló en Calatañazor y, de repente, se convirtió en uno de
los dinamizadores de la vida de su entorno. Eran los mágicos años 80, aquellos en
los que toda una generación tratábamos de firmar un contrato indefinido con la felicidad,
y pagar a plazos esas ansias de libertad y de fiesta que explotaba en el interior
de cada uno de nosotros. Aliados de la noche, Jesús puso un faro a aquella oscuridad
en la que muchas veces se convertía la rutina de los agostos. Nos acogió en su
casa, entonces en la plaza del ayuntamiento, y allí estirábamos la escapada de
cada día, y la fiesta de cada noche. Se hizo querer a las primeras de cambio, y
sin darnos cuenta se convirtió en uno más de los nuestros, en la esencia de
muchos de los nuestros. Jesús vivía su vida como él quería vivirla, y en ese
intento nos reservó un hueco en el que crecimos, extendimos las alas y después
poco a poco, cada uno a su ritmo, fuimos abandonando el nido. Todo de una
manera natural, sin dobleces, con la misma ingenuidad que llegamos, aunque con
un poso importante de experiencia en nuestra cartera vital.
Él también
siguió con su vida, en la que siempre fue innegociable su espíritu inquieto,
que acabó convirtiéndolo en un emprendedor al lado de su siempre presente
Begoña. De la misma manera que fue nuestro dinamizador cultural de las noches
de luna llena pasó a convertir en el foco de atracción del turismo que siempre
ha venerado las piedras y las casas de Calatañazor. Su palomar no era un lugar
de paso, es un nido en el que cada día, cada mes, cada año, se mima la amistad,
se adoba el buen hacer y se firma cualquier armisticio culinario.
Jesús llegó
buscando la tranquilidad y, probablemente el anonimato, y probablemente sin
pretenderlo se ha acabado convirtiendo en el referente de un pueblo, de una
manera de ser y de una manera de vivir. Ese será su mejor homenaje a partir de
ahora, en el que ha cambiado la vida por el recuerdo. Un abrazo amigo.
