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No camines delante de mi, puede que no te siga. No camines detrás de mi, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo. (Albert Camus, 1913-1960)

domingo, 23 de agosto de 2026

Juli "Donna" Lafuente


 

            Julia Donna fue una emperatriz romana, que destacaba por su ambición y por su inteligencia.

          Julia Lafuente fue una donna de Blacos que destacó por su vivacidad, fortaleza y sacrificio. Era tal la magnitud de su carácter que nunca nadie fue capaz de quebrarlo, hasta el otro día, cuando inició su último viaje a bordo de sus 95 años de vida. Casi un siglo que, sin embargo, no fue suficiente para que pudiera demostrar todo lo que llevaba en su interior.

          Julia fue una de esas mujeres que transitó por los años de escasez, de dolor, de necesidad, de amor, de pena o de prosperidad. Y en todas esas batallas consiguió salir más fuerte. No seré yo quién diga que salió indemne de todas ellas porque mentiría. Y es que la vida no deja nunca de cobrarse sus peajes, hasta en los trámites más superficiales.

          Su astucia, y la de Gildo su marido, les avisó de cuando tenían que irse. Era el momento justo, y emprendió viaje con su marido y sus dos hijos, Gerardo y Félix que todavía no conocían ni de vista a la adolescencia. Para el camino contaban con poco más que un hatillo lleno de ilusiones y alguna que otra duda. Pero ese hatillo también estaba lleno de incógnitas y de incertidumbres, como cada vez que alguien se enfrenta a lo desconocido.

          Pero Julia ya estaba curtida en las asperezas de la vida que afrontaban en aquellos años, y pronto comprobó que su vitalidad, su empeño y su constancia superaban cada uno de los obstáculos que los esperaban en las esquinas del camino,

          Con la intuición y las dosis necesarias de sentido común comprobó que cada año era mejor que el anterior, y que aquel hatillo del viaje había crecido hasta convertirse en un baúl lleno de esperanza, y llenó también de recompensas al esfuerzo. Iban subiendo peldaños en la vida, pero nunca dejó de mirar atrás. Y en el horizonte siempre veía el campanario de la Iglesia, la espadaña de la Virgen de Valverde y el punto blanco que señalaba la ermita de San Miguel. A este último siempre lo recordaba, ahora ya con una sonrisa llena de melancolía. Le traía a la memoria aquellos años de pastoreo, de amistades eternas y de recuerdos juveniles que siempre se quedan clavados en el alma.

          Volvió al pueblo como si nunca se hubiera ido, como si solo hubiera entornado la puerta para un rato. La vida fue agradecida con ellos, y Julia, toda una donna, la saboreaba con esa forma tan peculiar que tenía de hablar y reír al mismo tiempo, como si tuviera que vivirla de prisa, haciendo muchas cosas a la vez para que no se le olvidara ninguna.

          Pronto se convirtieron en un clásico de los veranos sepia de Blacos, viendo desde el Rincón todo lo que sucedía en la Plaza. Julia era una amante fiel de esa Plaza que nos ha marcado a fuego a todos los que hemos vivido en ella.

          Compartimos tertulias, cafés, comidas debajo del olmo y conversaciones interminables al amparo de la luna. Y siempre con esa fortaleza, una fuerza casi sobrenatural que le daba un aura de mujer inaccesible a cualquier adversidad.

          Creció la casa, aumentó la familia y ella siempre era igual, con las preocupaciones a raya. Cada verano en el pueblo era una matrícula de honor en su curriculum. Cuidaba ya a Gildo con mimo, con una ternura infinita. Mientras tanto disfrutaba de las pequeñas cosas como si fueran exquisitos manjares. Una simple partida de guiñote se convertía en la mejor comedia de los Hermanos Marx. El Rincón era el camarote de la risa.

          Después comenzó el drama que siempre reserva la vida, y además ya con la seguridad de que esa valla no se podía saltar con las fuerzas habituales. La vida abrió su carpeta de facturas. A todos nos falló un latido del corazón cuando se fue Gildo, al otro lado de la Plaza. Julia volvió sola, pero ya no era lo mismo, ni ella podía ser la misma. Hay ausencias que nunca se pueden superar, hay dolores que jamás encuentran alivio y hay despedidas que nunca tienen retorno.

          Julia, Julia Donna Lafuente, ya había descubierto una de las grandes trampas de la vida.

          Con esa certeza se fue hace unos días. Se ha ido y ha dejado un vacío desolador en la Plaza. Hs dejado un dolor, un apena y una tristeza lacerante en toda su familia y en todos sus amigos.  Y ha dejado una marca indeleble en mi corazón.

          Julia Donna Lafuente, una emperatriz de la vida y un vendaval de energía en cada cosa que hacía. Siempre te echaremos de menos.

lunes, 25 de mayo de 2026

Jesús, el pintor

 

Jesús, el pintor

 

En aquellos años en los que estaba de moda ser de ciudad o vivir en una ciudad, cuánto más grande mejor, había algunos que ya viajaban en dirección contraria.

Jesús era uno de ellos. Buscaba la esencia de la vida, de esa vida que siempre es un cúmulo de pequeñas cosas. Buscaba un lugar tranquilo en el que vivir, lejos de la hipocresía y la grandilocuencia urbanas. Buscaba un rincón al que darle su propia personalidad. Buscaban un lienzo limpio, virgen, en el que fueran suyos los primeros trazos que dibujaran el arte más genuino de la verdad. Se tenía, al principio, la imagen de que era uno de esos bohemios de Valle Inclán, que ya lo habían vivido todo y que ahora se refugiaban en la sencillez de esos pueblos cada día venidos a menos, sin ruido, sin abundancia, limpios, genuinos y amables para cualquiera que aspirará a deleitarse con la tranquilidad que se había instalado en ellos.

       Y Jesús, en realidad, fue uno de los pioneros cercanos en esta vuelta a las raíces de la vida, a la pureza social que casi nunca se encuentra entre el barullo y la contaminación. Se instaló en Calatañazor y, de repente, se convirtió en uno de los dinamizadores de la vida de su entorno. Eran los mágicos años 80, aquellos en los que toda una generación tratábamos de firmar un contrato indefinido con la felicidad, y pagar a plazos esas ansias de libertad y de fiesta que explotaba en el interior de cada uno de nosotros. Aliados de la noche, Jesús puso un faro a aquella oscuridad en la que muchas veces se convertía la rutina de los agostos. Nos acogió en su casa, entonces en la plaza del ayuntamiento, y allí estirábamos la escapada de cada día, y la fiesta de cada noche. Se hizo querer a las primeras de cambio, y sin darnos cuenta se convirtió en uno más de los nuestros, en la esencia de muchos de los nuestros. Jesús vivía su vida como él quería vivirla, y en ese intento nos reservó un hueco en el que crecimos, extendimos las alas y después poco a poco, cada uno a su ritmo, fuimos abandonando el nido. Todo de una manera natural, sin dobleces, con la misma ingenuidad que llegamos, aunque con un poso importante de experiencia en nuestra cartera vital.

       Él también siguió con su vida, en la que siempre fue innegociable su espíritu inquieto, que acabó convirtiéndolo en un emprendedor al lado de su siempre presente Begoña. De la misma manera que fue nuestro dinamizador cultural de las noches de luna llena pasó a convertir en el foco de atracción del turismo que siempre ha venerado las piedras y las casas de Calatañazor. Su palomar no era un lugar de paso, es un nido en el que cada día, cada mes, cada año, se mima la amistad, se adoba el buen hacer y se firma cualquier armisticio culinario.

       Jesús llegó buscando la tranquilidad y, probablemente el anonimato, y probablemente sin pretenderlo se ha acabado convirtiendo en el referente de un pueblo, de una manera de ser y de una manera de vivir. Ese será su mejor homenaje a partir de ahora, en el que ha cambiado la vida por el recuerdo. Un abrazo amigo.

lunes, 6 de abril de 2026

Ricardo, de Corazón


 

Ricardo, de Corazón

 

          Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, nos fuimos queriendo. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, fuimos abandonados nuestros pedestales en los polos, nos acercamos, y sin otra palabra más allá de un signo de reconocimiento, creamos entre los dos nuestro propio espacio de bienestar emocional. Una sala de estar en la que sólo estábamos cuando coincidíamos. Ninguno llamaba a la puerta antes de entrar. Entre nosotros, Ricardo, no existían los compromisos, no nos arrastraba la hipocresía, no éramos esclavos de la decencia social, ni escuchábamos los cantos de sirena de protocolos refinados y de augures falsarios.

          En esa sala sólo cabía la amistad, la simpatía y el respeto. Yo llegaba casi siempre escondido en mi máscara de huraño antisocial, y tú lo hacías como un ciclón hinchado de fuerza y vitalidad, pletórico de empatía, cercanía y cariño. Yo lo expresaba con una ironía innegociable, detrás de la que escondía la sinceridad, y tu te adornabas con un sarcasmo al más puro estilo de Gustavo Adolfo Buecquer, con el cuchillo siempre afilado para cercenar con tus sonetos cualquier resistencia. Un comportamiento con el que puede que intentaras poner fronteras, pero en realidad lo único que despertabas era una genuina admiración. Eras ese Ricardo que pintaba el mundo en blanco y negro con la punta de un lapicero, que decoró las paredes de aquel templo que te inventaste en el salón de Torreblacos. Pintabas en blanco y negro, pero devorabas la vida en toda su paleta de colores, cada uno con su matiz, con su particularidad, pero cada uno con una luz única y permanente. Todos, cada uno de los colores, cada uno de los matices… eran necesarios para expresar los latidos de tu enorme corazón, que siempre adornaba tu discurso estridente, que moría en el intento de ser una pequeña coraza tras la que pretendías esconderte, para no mostrar ninguna debilidad.

          Todo esto, y seguramente que muchas más cosas, llenaron todos los pliegues de ese emotivo abrazo en el que nos fundimos con Isa en ese maldito día en el que decidiste blindar la coraza para siempre. La sala estaba llena, no cabía nada más que el calor sofocante que también quiso asistir a tu despedida.

          Isa, tu querida, tu adorada Isa, decía, ya con un asomo de nostalgia, “Es que Ricardo tenía muchos amigos”. A lo que yo añadí, “Es que se hacía querer”, y los tres, Sara, tú yo coincidimos, “Se hacía querer a su pesar”.

          Después lo pensé, y creo que no es del todo verdad. Ricardo se hacía querer por ser precisamente como era. Por tener siempre abierta la puerta de su volcán interior, cuya lava arrasaba con todo, pero detrás de esa lava incandescente siempre había una fuente de agua clara, cristalina, dulce y refrescante. Únicamente había que saber mirar para verla, y únicamente había que acercarse hasta él para saborear su frescura.

          Ricardo, de Corazón. De un Corazón tan grande que se empeñaba en esconderlo para no empañar todo lo que lo rodeaba. Pretendía ser arisco y era encantador. Pretendía ser un viejo cascarrabias con mala leche y era un pedazo de pan. Pretendía parecer un bruto y en cuanto te aproximabas disfrutabas de su enorme respeto, de su enorme cultura y de una socarronería que está al alcance de los inteligentes y de los privilegiados. Una conversación con Ricardo exigía estar alerta, con los cinco sentidos. Si le dejabas una mínima fisura entraba por ella con la espada entre los dientes, y se adueñaba de todos los argumentos. Entonces era imparable, demoledor.

          Ricardo siempre nos recibía a Sara y a mí, con el corazón tendido al sol, incluso en aquellos días en los que la nieve ardía en su interior, intentando sofocar un dolor implacable que lo apuñalaba sin compasión. No quería, no hablaba de ese lado inhumano y descarnado, porque él pretendía disfrutar cada día de primavera y cada día de verano que le reservara la vida. Los inviernos son letras del olvido y un manto espeso para dejar al otro lado la tragedia y el insomnio, para huir de la angustia y el desamparo.

          Ricardo, nos seguiremos queriendo, sin apenas darnos cuenta. La amistad entre nosotros no se negocia, siempre será limpia y clara como las aguas de tu fuente al otro lado del volcán.

          Cualquier día de estos me tomaré a tu salud una cerveza y unas patas fritas de bolsa envueltas en una lata de mejillones. Y te prometo que esta vez no esconderé el botellín para que no te acuerdes de cobrármelo. Entre tú y yo nunca han existido deudas. Bueno sí, ahora tengo una para siempre, la de mantener vivo tu recuerdo mientras tenga memoria. De verdad Ricardo, de Corazón.